La luz del amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de seda, dibujando líneas de oro sobre las sábanas que aún guardaban el calor de la noche. Me desperté antes que él —algo inusual— y me permití el lujo de observar. Rodrigo dormía con una paz que nunca mostraba en las portadas de las revistas de negocios. Sin su traje gris, sin su armadura de frialdad, era simplemente el hombre que me había amado con una devoción casi religiosa durante la madrugada.
Admiré la línea de su mandíbula y el