El beso en la oficina nos dejó a ambos sin aliento. Cuando finalmente nos separamos, Rodrigo no se alejó del todo; mantuvo su frente apoyada contra la mía, con sus manos aún firmes en mi cintura. El silencio de la oficina, antes cargado de una frialdad corporativa casi hostil, ahora vibraba con una electricidad nueva, una que hacía que el aire pesara de una forma distinta.
—Tengo que volver al trabajo, Rodrigo —susurré, aunque mi cuerpo no hacía el menor intento de moverse. Mis manos seguían p