El eco de mis tacones sobre el mármol del vestíbulo marcaba, rítmicamente, la cuenta regresiva de mi antigua vida. Al cruzar las puertas de cristal, el aire fresco de la noche me golpeó el rostro, dándome la bienvenida a una realidad que ya se sentía distinta. Allí estaba: un sedán negro de cristales tintados, estacionado exactamente donde él había prometido.
El chofer bajó de inmediato y, con una inclinación cargada de respeto, me abrió la puerta.
—Buenas noches, señora Montenegro. El s