El volante de cuero crujía bajo la presión de mis manos mientras conducía sin rumbo por las calles iluminadas de la ciudad. La imagen de Alexandra en la alfombra, con el rostro hundido en el cuello de nuestro hijo, se repetía en mi mente como una cinta de seguridad que no podía apagar.
Había ido a su casa armado con mi armadura de indiferencia, listo para dejar la mochila de Thiago y marcharme con el desdén que ella se merecía. Pero lo que encontré fue una grieta en el muro. Escucharla susurr