La jornada en la oficina había sido una carnicería emocional. El eco de la risa de Isabella y la indiferencia de Rodrigo me perseguían como sombras mientras conducía a casa. Al llegar, lo único que deseaba era sumergirme en el único refugio que me quedaba: Thiago.
Lo encontré en su cuarto de juegos, rodeado de bloques de madera y dinosaurios de plástico. Su niñera se retiró en silencio, dejándome a solas con el pequeño. Me senté en la alfombra, ignorando que mi falda de diseño se arrugaba y q