El motor del auto rugía frente a la casa de Alexandra, un sonido que me parecía ensordecedor en medio del silencio de la mañana. No había dormido bien. La imagen de ella desmoronada en la alfombra se había quedado instalada detrás de mis párpados, molestando como una astilla que no te atreves a sacar. Bajé del vehículo ajustándome el abrigo, intentando recuperar esa postura de acero que me había servido de escudo durante los últimos tres años.
Toqué el timbre y, apenas unos segundos después,