La junta se convirtió en una tortura, me senté frente a él, separada por una mesa de caoba que se sentía como un abismo insalvable. Intenté mantener la barbilla en alto, imitando la altivez de mi padre, pero por dentro me estaba desangrando. Rodrigo no me dirigió la palabra ni una sola vez durante los primeros cuarenta minutos. Se limitaba a escuchar a los auditores, a garabatear notas con una caligrafía impecable y a dar órdenes cortas a sus asesores. Su voz, esa que alguna vez susurró promesa