El rugido del motor de mi viejo Porsche fue lo único que logró acallar el estruendo de mis pensamientos mientras conducía hacia el distrito financiero. Las manos me sudaban contra el cuero del volante, un gesto que delataba una vulnerabilidad que no podía permitirme mostrar. Al entrar en el garaje de la sede del Grupo Montenegro, cada columna de hormigón parecía un centinela vigilando mi derrota. Me miré en el espejo retrovisor: el maquillaje era una armadura perfecta, los labios pintados de un