El regreso a la mansión de los Montenegro no fue el triunfo de una heredera, sino el funeral de mi anonimato. Al cruzar el umbral de hierro forjado, sentí que los muros de piedra se cerraban sobre mí, reclamándome como parte de una historia de la que intenté escapar desesperadamente. A mi lado, mi madre caminaba con la espalda erguida, pero sus manos temblaban mientras sostenía su bolso de diseñador, un accesorio que parecía fuera de lugar en este escenario de abandono. Y en medio de nosotras,