Capitulo 125

Me detuve un momento a ver el atardecer. El cielo estaba de un color naranja sucio, precioso. Y entonces, sin aviso, sentí un tirón. No fue una patada. Fue como si un cinturón de hierro me apretara la cintura y me soltara de golpe. Me quedé quieta, agarrándome la barriga, esperando. Un minuto. Dos. Y otra vez.

Esa presión no era un ensayo. Era él. El pequeño guerrero había decidido que ya se cansó de estar encerrado. No tuve miedo, de verdad que no. Me dio una e
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