La vi al fondo, atada a una silla de hierro, con la cabeza gacha. Uno de los hombres se movió hacia ella con un cuchillo, intentando usarla de escudo, pero mi bala fue más rápida y lo alcanzó en el hombro antes de que pudiera tocarle un solo cabello. Corrí hacia ella, derribando a cualquiera que se cruzara en mi camino, poseído por una fuerza que no era humana.
Me desplomé de rodillas a su lado, mis manos temblorosas buscando desesperadamente las cuerdas.
—Ale, estoy aquí... perdóname, tard