La puerta del despacho se abrió de golpe, golpeando contra el tope con un estruendo que me hizo saltar. Fernando entró como un rayo, ignorando el olor rancio a whisky que inundaba la estancia.
Me encontró desplomado en el sillón, con la camisa abierta y una botella de cristal entre las piernas. Levanté la mirada, mis ojos inyectados en sangre tardaron un segundo en enfocar su rostro.
—Señor, tenemos algo —soltó sin preámbulos, arrojando una tableta sobre la mesa —. Una de las unidades de re