Me desplomé de nuevo en el asiento, sintiendo que el peso del mundo me aplastaba. Estaba a salvo, sí, pero no la tenía de vuelta. Estaba ahí, detrás de esas paredes blancas, luchando por recuperar la fuerza que esos malnacidos le habían robado.
Miré a la señora Montenegro, la mujer parecía haber envejecido diez años en una semana. Su hija estaba a unos metros, pero seguía estando fuera de nuestro alcance.
—No me voy a mover de aquí —susurré, más para mí que para los demás—. No hasta que abr