CAPÍTULO VEINTIUNO

Me despierto sobresaltada, me incorporo de golpe y paso la mano por mi pelo enmarañado con un suspiro tembloroso. Un gemido se me escapa al salir de la cama; el aire fresco de la mañana golpea mi piel febril. Tengo el cuerpo pegajoso de sudor, la piel me arde, y ese dolor familiar persiste entre mis piernas: la inconfundible huella del sueño que todavía me acelera el corazón.

Me veo reflejada en el espejo del tocador al otro lado de mi habitación: mejillas encendidas, pupilas dilatadas y una vulnerabilidad que odio reconocer en mí.

Esperaba que dormir me diera un respiro para no pensar en Antonio. En cambio, me traicionó por completo. Mis sueños estaban llenos de él: vívidos, perturbadores, imposibles de olvidar. Sus manos firmes en mi cintura, su aliento en mi cuello, su voz en mi oído. Incluso ahora, mi cuerpo vibra con sensaciones fantasmales, como si realmente estuviera aquí, como si sus dedos trazaran caminos sobre mi piel, como si se hubiera grabado a fuego en mi alma.

Con las p
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