Me despierto sobresaltada, me incorporo de golpe y paso la mano por mi pelo enmarañado con un suspiro tembloroso. Un gemido se me escapa al salir de la cama; el aire fresco de la mañana golpea mi piel febril. Tengo el cuerpo pegajoso de sudor, la piel me arde, y ese dolor familiar persiste entre mis piernas: la inconfundible huella del sueño que todavía me acelera el corazón.
Me veo reflejada en el espejo del tocador al otro lado de mi habitación: mejillas encendidas, pupilas dilatadas y una vu