Llego al trabajo lista para ahogarme en pedidos y distracciones. La pequeña cafetería bulle de clientes matutinos, el aire impregnado del rico aroma a café y pasteles recién horneados. Suena jazz suave por los altavoces, creando una atmósfera acogedora que normalmente me tranquilizaría. Pero durante los últimos treinta minutos, Antonio me ha estado observando. No de forma sutil... mirándome fijamente. Cada vez que respiro, cada movimiento que hago, su mirada me sigue como una sombra de la que no puedo deshacerme.
Se apoya en su elegante motocicleta negra en el estacionamiento, visible a través de las ventanas delanteras, vestido con jeans oscuros y su desgastada chaqueta de cuero que se ciñe perfectamente a sus anchos hombros. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho, con esa sonrisa exasperante bien plantada en el rostro. La luz del sol se refleja en su cabello oscuro, dándole un brillo casi etéreo que contrasta por completo con la intensidad depredadora de su mirada. No sé por qué e