Corrado palideció en cuanto la puerta se abrió. Apenas intentó cerrarla, Sebastian ya había interpuesto el brazo.
—No tan rápido —gruñó, empujando la puerta con una fuerza que obligó al hombre a retroceder.
Corrado levantó ambas manos en el aire, igual que aquella noche en su consultorio, cuando Sebastian lo había encontrado con Gemma inconsciente en el sofá. De solo pensar otra vez en aquello, se le erizó la piel y sintió ganas de lanzarse sobre el imbécil frente a él.
—Les juro que no hice na