Cuando el pulso de disonancia armónica emitido por la Torre Prisma alcanzó su clímax, no hubo una explosión de fuego, sino algo mucho más inquietante: un silencio absoluto que barrió Chicago. En un instante, las frecuencias subsónicas que habían mantenido a la población en un estado de placidez artificial se apagaron.
Clara y David estaban en el piso 60, rodeados por los restos de la interfaz de Thomas Valerius. Los paneles de cristal dicroico, diseñados para filtrar la realidad, habían estalla