Un año después.
El refugio no era de cristal, ni de acero pulido. Era un antiguo almacén de ladrillo visto en los astilleros de Gary, Indiana, un lugar donde el óxido y el hollín contaban historias reales de esfuerzo y decadencia. Aquí, Clara Silva —o la mujer que ahora no necesitaba nombre— había construido algo que los Valerius nunca podrían entender: un espacio basado en la libertad del error.
Clara estaba inclinada sobre una mesa de dibujo de madera maciza, iluminada por una simple lámpara