El hierro de la puerta principal estaba tan frío que quemaba.Clara retiró la mano instintivamente, pero el dolor no era nuevo; era un eco. Un espasmo en su muñeca la obligó a bajar la vista. Bajo la piel pálida, apenas visible, había una marca blanquecina, una cicatriz en forma de "X" que parecía haber sanado hace años, aunque ella juraría que se la había infligido hacía apenas una hora con un cortaplumas de precisión.—¿Se encuentra bien, señorita Silva?La voz de Gabriel era una cuchilla de seda. Clara se giró con una lentitud mecánica. Él estaba allí, impecable, sin el fragmento de vidrio clavado en el costado, sin la sangre empapando su camisa. No había rastro de la destrucción, ni del olor a ozono de la caldera estallando. La mansión se alzaba a sus espaldas, perfecta, transparente y silenciosa, como si el acantilado nunca hubiera temblado.—El viaje ha sido largo —respondió Clara. Su propia voz le sonaba ajena, como una grabación reproducida a la velocidad incorrecta—. Creo que
Leer más