El montacargas de basura se detuvo con un golpe seco que resonó en las vértebras de Clara. Cuando la compuerta de acero se deslizó, no fue recibida por la luz, sino por el hedor penetrante del azufre, el moho y los desperdicios químicos. Estaban en el nivel freático inferior de la ciudad, un inframundo de túneles de servicio y desagües victorianos que los planos modernos de Chicago preferían ignorar.
David, el joven del mantenimiento, le hizo una seña para que guardara silencio. Apagó su lintern