Partido. 4

Aileen no se lo pensó dos veces, agarró una rama gruesa, mojada por la llovizna, y se la lanzó con rabia.

— ¡Para que aprendas a no morder traseros ajenos, bicho del infierno! — la rama voló directo, con puntería perfecta, y le rebotó justo en la cabeza, el lobo soltó un quejido leve, más de indignación que de

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