Manada. 4

Aileen se sentó sobre la manta que habían extendido cerca de la fogata, el bebé en su regazo balbuceaba y jugaba con los mechones de su cabello, le hacía cosquillas en la mejilla con sus diminutos dedos, y cada risa del pequeño era un bálsamo que disolvía las sombras que aún rondaban en su pecho.

— ¿Viste tus piecitos? — le decía Aileen mientras le hacía suaves golpecitos en las plantas — Parecen dos bollitos... sí, dos bollitos perfectos. — el pequeño chillaba feliz, agitaba las piernas, y Ail
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