Juego. 4
Antes, ese tipo de miradas la habrían hecho encogerse, ahora no. Ahora tenía una vida propia, una manada que la hacía reír, un chico que la amaba sin condiciones y un cuervo que la cuidaba mejor que un guardaespaldas.
Leo la observó en silencio por un momento, le encantaba verla así: libre, luminosa, con las mejillas encendidas de alegría.
— ¿En qué piensas, ratita? — preguntó con voz suave.
Ella lo miró y respondió con una sonrisa cálida.
— En que no necesito ser reina si ya tengo mi reino. —