Bruja de lobos. 5
Él hundió suavemente sus garras en la carne de sus muslos, lo suficiente para marcarla sin romper su piel, Aileen arqueó la espalda, un jadeo profundo escapó de sus labios mientras sus caderas encontraban un vaivén suave, natural, como si sus cuerpos hubieran esperado ese momento desde siempre.
El licántropo la miraba fascinado, sus ojos ardían como brasas y, sin embargo, su voz salió inesperadamente tierna, casi ridículamente romántica.
— Eres mi luna, mi delirio, mi condena y mi salvación. —