Lilia intentó hablar, pero él ya se movía, arrastrándola consigo. Sus dedos se cerraron como grilletes alrededor de su muñeca.
—¿Adónde…?
—A casa —cortó él, sin mirarla—. Antes de que decida que prefiero quedarme y matar a alguien.
La sacó de la fiesta entre murmullos, cruzando el salón como un huracán de traje negro. Los invitados se apartaban. Todos menos uno.
Viktor, el hombre con quien Lilia había conversado antes bloqueó su camino con una sonrisa diplomática.
—Volkov, ¿te vas? La noche se h