Anya se deslizó fuera de su habitación en plena oscuridad, su cuerpo temblaba tanto de frío como de hambre. La humillación la consumía, pero el hambre era más fuerte. Llevaba días sobreviviendo con migajas, apenas lo suficiente para mantenerse en pie. Las empleadas de la mansión se aseguraban de que no recibiera más de lo que Alessandro permitía.
Pero esa noche, no le importó. No le importó el castigo, ni las burlas, ni siquiera el riesgo de ser descubierta.
Cuando llegó a la cocina, su corazón