Leonard salió de la habitación de Anya con el pecho oprimido, sintiendo como si cada paso lo alejara más de algo que jamás podría recuperar. Su respiración era errática, su pulso golpeaba con fuerza en sus sienes y sus manos aún temblaban con el recuerdo de su cuerpo contra el de ella, de su sabor impregnado en sus labios. Pero lo peor era la mirada de Anya cuando le pidió que se fuera.
Ese brillo de esperanza destrozada. Esa vulnerabilidad que él acababa de traicionar.
Los pasillos de la mansió