La noche era brillante en mansión de Igor Petrov, con sus jardines iluminados por lámparas colgantes que proyectaban sombras teatrales en los muros de piedra. La fiesta, a esas horas, ya estaba en pleno apogeo.
Los invitados, vestidos de manera impecable y portando mascaras en sus rotros, desfilaban entre risas y conversaciones teñidas de tensión. La música fluía sutilmente, con las notas de un piano entremezclándose con los murmullos y el tintineo de las copas al chocar.
Entretanto, en una habi