Naia
El anillo en mi dedo pesaba, no por el metal o la piedra, sino por la promesa que cargaba. Bajo la luz de la luna llena que bañaba la villa, Artem me miraba como si fuera la única criatura viva sobre la faz de la tierra. Su mirada no era la del hombre que me reclamó en Moscú; era la de un hombre que había entregado su alma a mis pies.
Cuando me tomó de la mano para guiarme de regreso a la habitación, sentí una electricidad que nacía en la punta de mis dedos y se instalaba en el centro de