Artem
El sol del Egeo no era como el sol de Moscú. En mi ciudad, la luz es un recordatorio pálido de que el invierno siempre está acechando; aquí, el sol era un abrazo constante, una fuerza que parecía querer limpiar el frío que se había instalado en mis huesos durante décadas. Habían pasado apenas cinco días desde que el puerto industrial de Moscú se tiñó de rojo.
Cinco días desde que disparé la última bala contra Mark y sentí cómo el peso de una guerra de años finalmente se desvanecía en el