Naia
El apartamento se sentía inmenso, frío y desesperadamente vacío. Cada mueble de diseño y cada cuadro en la pared gritaba "lujo" con una sofisticación que me hacía sentir como una intrusa. Caminaba por el pasillo y mis pasos no hacían ruido sobre la alfombra, como si yo misma me estuviera convirtiendo en un fantasma en esta jaula de cristal. Eran las ocho de la noche. El reloj de la sala marcaba los segundos con una precisión que me ponía los pelos de punta.
Sabía lo que vendría. Así que