—¡Basta, no sigas, te lo ruego! —exclamé, doblada de la risa—. No puede ser verdad.
Eliza dejó de reír y fingió seriedad.
—¿Ah, no? Pues si esto te ha gustado, espera a oír lo mejor.
—¡Oh, habla, habla!
Estaba encantada de que ella y yo hubiéramos encontrado, por una vez, algo de que reírnos juntas. Era agradable sentirse parte de un equipo, una mitad en la batalla contra el opresor. Entonces me di cuenta de lo diferente que habrían resultado los meses que llevaba trabajando allí, si ella y yo