Era un día más en Los Laureles. La rutina en la empresa transcurría con normalidad, con empleados atendiendo sus tareas, llamadas, reuniones y el movimiento habitual que caracterizaba a la compañía.
El sonido de los teléfonos, el murmullo de las conversaciones y el tecleo constante de las computadoras componían la sinfonía cotidiana de la oficina. Cada empleado, inmerso en sus responsabilidades, tejía la rutina que mantenía a Los Laureles funcionando con precisión.
Laura caminó por el pasillo c