La pregunta de Alex, “No fuiste solo al supermercado, ¿verdad?”, colgó en el aire como una sentencia. Para Laura, fue el empujón final que la lanzó al abismo. El rostro de Daniel, lleno de desprecio, y ahora el de Alex, lleno de una preocupada lucidez, se fusionaron en su mente. La verdad era un veneno que aniquilaría a Alex, que destruiría la frágil recuperación que era su única obra de bien en un mar de engaños. No podía. Simplemente no podía.
En el torbellino de pánico, su cerebro, en un act