Las palabras de Daniel —“Vete, Laura. Esto ya terminó no te cabe en tu cabeza hueca? o te llamo a la policía por acoso ya me tienes cansado y obstinado parece una perra en celo que te andas regalando a cualquier hombre por ahí pareces la propia prostituta que se le regala a cualquier hombre, te arrastras para mendigar amor por una vez en tu hijo de puta vida quiérete y respétate”— no fueron un grito, sino un veredicto. Y por eso dolieron más. No hubo furia contra la cual luchar, no hubo un arr