– En serio no puedo creer de la que me salvó, señor Caruso.
– Mi abuelo fue un gran amigo de su padre, Onell. No rompería esas décadas de amistad.
Alyssa sintió sus pestañas revolotear, pero ni con toda la curiosidad del mundo que tenía lograba abrir sus ojos.
– Claro, claro que lo recuerdo –Alyssa había logrado descifrar la voz de Onell, arrastrando las palabras–. Ahora, debemos averiguar qué hacer con ella. Lo más sensato es llamar a Alberto...
El corazón de Alyssa se paralizó. ¿Alberto Anzol