Pero a pesar de todo, allí estaba.
—Explícate mejor, Alberto —respondió Alyssa con dureza, reclinándose en la silla y sin apartar su mano del arma sobre la mesa que apuntaba directamente al pecho de Alberto—. Como si esta vez no fuese la adolescente de diecisiete años que engañaste con palabras sofisticadas y recompensas muy buenas para creer, pero que al final condenaste a un infierno.
Alberto la miró sin inmutarse, un ligero gesto de molestia cruzó su rostro con un tirón en un ceja y labio, p