—Silvia Russo, bienvenida a Mónaco —la saludó Alberto, de pie en el otro extremo del muelle.
Alyssa se giró muy lentamente, solo deteniéndose un momento para darle una mirada significativa a Fazzio cerca de ella y para poder presionar un botón en su teléfono que había estado rozando nerviosamente con anterioridad. Por la distancia entre cada uno, no fue factible llevar comunicadores en la misión. Pero junto a Darío, Artem y, si servía de algo, Elián, habían activado en sus teléfonos móviles un