Con un fuerte tirón, Eros forzó cada una de sus restricciones, tratando de salirse de ellas, y encaró con todo el orgullo que pudo reunir a Alberto—. ¡Ni se te ocurra decir ni una puta palabra sobre ella!
—¿Por qué? No diré nada malo —Alberto sonrió—, solo creo que se debe sentir abandonada ante tu falta. Todo por querer jugar al rey del bajo mundo, el líder total de una mafia que no te pertenece.
Eros volvió a tirar de las sogas, sus muñecas empapándose de espesa sangre caliente. Los guardias