Inicio / Romance / La arpía ¿Placer o venganza? / Capítulo 4. Parte 3 - El precio del paraíso
Capítulo 4. Parte 3 - El precio del paraíso

El precio del paraíso. Parte 3

Alexia:

La mano de José empieza a perder velocidad y pestañea más de lo normal, un claro indicio de que las pastillas están haciendo efecto. Decido seguir con mi juego y comienzo a desnudarme. No alcanzo a quitarme el brasier cuando veo caer su mano a un costado. Me acerco lentamente para cerciorarme de que está dormido.

—¿José? -indago—. José... —intenta hablar, pero apenas mueve los labios. Aprovecho para abofetearlo. Él pretende llevar sus manos a la mejilla roja, pero es inútil: no tiene fuerzas para nada.

Me doy una ducha rápida antes de salir de la habitación y hablar con Remigio, dejando que José descanse de su dosis de "sexo". Al llegar a la sala, noto que he dejado mi celular sobre la mesita de noche. Me devuelvo para ir por él, pero en la escalera tropiezo con una de las empleadas que, por lo que veo, me tiene mucho miedo, y eso me gusta.

—¡Ten cuidado, imbécil! —exclamo. Y, aunque soy la causante del tropiezo, ella agacha la mirada por el "error cometido".

—¡Lo siento, señora!

La humildad en su voz me importa poco y sigo mi camino, pero me detengo al darme cuenta de que algo se ha caído. Sin quitar mis ojos de los de ella, me inclino y recojo una fotografía. Al verla, mi corazón se acelera. En ella hay una niña de aproximadamente diez años.

—Esta niña, ¿quién es?

Los nervios que provoco en la mujer la dejan muda. Pongo presión en mi mirada para que hable de una vez; la paciencia no es una virtud que me caracterice.

—Mi hija... mi hija, señora —responde con inseguridad. Sabiendo que vive en la mansión, me pregunto: ¿quién cuida de su retoño?

—¿Quién la cuida mientras trabajas? —pregunto, viendo el terror en su mirada—. ¡Te hice una pregunta! ¡Responde!

¿Tanto terror provoco? ¿O será que oculta algo?

—Es que... ella... —elevo una ceja para que se dé prisa, no tengo todo el tiempo del mundo—. Ella está encerrada en mi cuarto.

Una punzada en el pecho me hace tambalear; imágenes fugaces invaden mi mente. Aprieto la cabeza con fuerza para que se vayan, no deseo recordar.

—¿Qué? —pregunto—. ¿Qué has dicho?

No espero respuesta y corro hacia el ala donde están los trabajadores. La criada me sigue desde atrás mientras otros empleados observan curiosos.

—¡Señora! ¡Señora! Por favor, perdone no habérselo dicho —suplica.

—¡¿Cuál es tu cuarto?! —pregunto furiosa, mientras ella señala con la mano temblorosa.

Entro en una diminuta dependencia donde apenas caben una cama de plaza y media, una mesita de noche, un pequeño clóset y la puerta del baño. Tirada en el piso de madera, una niña colorea en un cuadernillo. Al escuchar los gritos, levanta la cabeza y me mira con timidez.

—¡¿Qué hace esta niña encerrada aquí?! —grito con indignación.

—¡Perdóneme, señora! Necesito el empleo —suplica—. No tengo quién cuide de mi hija. La anterior señora de la casa me permitió tenerla aquí. —La criada sigue llorando mientras la pequeña se levanta del suelo frío y se pone en un rincón, abrazando su croquera—. Le aseguro que no molesta, sé que debí avisarle, pero... solo perdóneme.

—¡Sácala de aquí! —escupo con rabia. La pequeña me mira con lágrimas en los ojos, y puedo jurar que tiene más valor que la madre.

—Señora... por favor, le juro que no causaremos problemas, pero no nos eche. Yo estaré aquí encerrada, no haré ni un solo ruido, se lo prometo —asegura la niña.

Me inclino, quedando a su altura. La miro directamente a los ojos, como estoy acostumbrada. Siente miedo de mí, y me encanta provocar ese sentimiento... pero no en una niña.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunto, suavizando el tono de mi voz.

—La... Laura —dice, agachando la mirada. Tomo su barbilla y la levanto para obligarla a mirarme a los ojos; me gusta mirar el interior de las personas, ahí se ve si sus palabras son sinceras. Nunca falta una jovencita astuta.

—Lindo nombre —digo, tras ver pureza e ingenuidad en ella—. ¿Qué edad tienes, Laura?

—Diez años —responde, mientras repito una y otra vez su edad en mi mente. Me maldigo por haberle infundido temor, porque conozco muy bien ese sentimiento.

—Laura, quiero que vayas a la cocina, tomes un vaso de leche y cojas unas galletas —ordeno—. Puedes dibujar allí. ¿No crees que estarás más cómoda? Desde hoy, a esta dependencia solo entrarás a dormir, ¿entiendes?

—Sí. Gracias —responde.

Miro a la madre con superioridad y coraje. No quiero que piense que soy Sor Caridad por darle una oportunidad junto con su hija. No es quién para recibir una explicación de mi parte.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunto, notando que no conozco a nadie aquí. No suelo mirar a los empleados; solo sé que debo dar órdenes y ellos están obligados a servirme.

—Marta, señora —responde.

—Marta, ¿tu hija no va al colegio?

—Sí, señora, pero están de vacaciones.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP