Epílogo. Parte final
Alexia:
Salimos del hotel en completo silencio; ninguno de los dos emite palabras y, a decir verdad, no puedo borrar la satisfacción de haber visto a ese mal nacido sufrir en carne propia lo que me hizo vivir desde niña.
De regreso a casa de Marta, me pongo a pensar en un sinfín de cosas, dándome cuenta de que tengo una opresión en mi pecho, sin poder distinguir de qué se trata. «¿Será un infarto al corazón?». Definitivamente no, y maldigo por dentro. «¿Por qué hasta el último minuto el perro de mi padre me hace daño?». Me sentí medianamente satisfecha por lo que sucedió esta tarde, pero nunca es suficiente para mí, y lo que es peor, observar su sufrimiento fue un reflejo de mí misma; los malditos recuerdos me envuelven y deseo gritar y decir "ya basta".
—¡Detén el auto! —digo en un acto de desesperación.
—¿Qué?
—¡Qué detengas el auto! —exclamo exaltada, mientras Remigio hace lo que le pido.
Nos quedamos en una orilla de la calle, mirando hacia el frente. Mi respiración está agitada y