Alexia:
«¿Será necesario que me esposen para entrar a la sala de audiencias del tribunal?».
Es la pregunta que me hago mientras el frío metal aprieta mis muñecas. Una vez que mis manos quedan unidas tras mi espalda, comienzo a caminar por un largo pasillo con dos agentes de policía a mi lado. Avanzo lentamente, pensando en todo lo que me toca vivir de ahora en adelante: seré madre por segunda vez y, lo más probable, es que tampoco pueda disfrutar de mi hijo. Trago saliva; tengo un nudo en la garganta. Trato de tranquilizarme, aunque es imposible. Esto es como si me llevaran al matadero y, lo que es peor, soy inocente de todo lo que se me acusa.
Unas anchas puertas de madera se alzan frente a mí. Nos detenemos mientras mis custodios las abren de par en par; me toman uno de cada brazo y me dirigen hacia una silla, donde mi abogado me espera. Mientras avanzo hacia el señor San Pedro, miro a mi alrededor. Remigio, que está en la primera fila, me transmite una confianza que hace rato ya no