El rugido del motor del coche resonaba en la oscuridad de la noche mientras Aitana y Javier avanzaban por las calles vacías, cruzando puentes y sorteando intersecciones con la precisión de quienes saben que el tiempo es lo único que no tienen de su lado. La ciudad parecía una prisión, sus luces temblorosas en las ventanas de edificios como ojos vigilantes. A pesar de la prisa, Aitana no podía deshacerse de la sensación de que algo se les escapaba de las manos. La traición estaba cerca, y no sol