El amanecer cubría la ciudad con un resplandor dorado, pero Gabriel no tenía tiempo para apreciar la vista desde su despacho. Su teléfono vibraba constantemente con mensajes y llamadas de su equipo. Algo no encajaba. Había sentido la satisfacción de mover sus fichas, de poner a Aitana contra las cuerdas con las pruebas que había plantado. Pero ahora, revisando los reportes de la mañana, notó que todo había cambiado en cuestión de horas.
Con el ceño fruncido, abrió los registros financieros en s