La madrugada siguiente llegó con una atmósfera pesada, como si el aire mismo estuviera cargado de expectativas. La ciudad seguía su ritmo habitual, pero en las sombras, las piezas del ajedrez de poder comenzaban a moverse. Aitana no había dormido esa noche. Había estado despierta, sentada frente al escritorio de su apartamento, repasando una y otra vez las decisiones que había tomado en las últimas horas. Todo lo que había logrado hasta ese momento, cada victoria y sacrificio, la habían llevado