La noche caía sobre la ciudad con una calma engañosa. Desde la enorme ventana de su despacho, Aitana observaba las luces titilantes de los edificios con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Las palabras de Gabriel aún resonaban en su mente. Había logrado borrar información clave, pero eso no significaba que ella estaba fuera del juego.
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Elena entró con expresión seria, un sobre en la mano.
-Tenemos un problema -dijo sin preámbulos, dejando el