••Narra Frederick••
La luz blanca y fría del quirófano cegaba. El olor a antiséptico era tan fuerte que casi podía saborearlo. Charlotte yacía en la mesa, pálida como las sábanas que la rodeaban, su respiración era un jadeo superficial y ansioso. Me habían dado una bata estéril, gorra y mascarilla. Me sentía como un intruso en un ritual sagrado y aterrador.
—Señor Lancaster, puede esperar afuera si lo prefiere —dijo una enfermera con voz suave, casi compasiva.
El horror que vi en los ojos de Ch