El dolor era una cosa viva, un monstruo que se enroscaba en mi bajo vientre y apretaba con garras de acero. Cada contracción era una ola que me ahogaba, robándome el aire y cualquier pensamiento coherente. Respiraba profundo, como había leído en algún libro, pero la realidad era mil veces más intensa y aterradora de lo que cualquier palabra podría describir.
Estaba asustada. No sabía qué hacer. Mi cuerpo, traicionero, había decidido iniciar este proceso por su cuenta, ignorando todos los plan