Ese maldito pitido plano y constante seguía taladrando mis oídos, grabándose a fuego en mi cerebro, un eco eterno del momento en que el mundo se detuvo. Charlotte. Mi Charlotte. Inmóvil. Pálida. Ausente. Sus ojos cerrados.
Necesitaba que los abriera, que me mirara con sus ojos verdes.
—¡Tienen que hacer algo! —Mi voz sonó ronca, desgarrada. Ni siquiera la reconocía como mía.
Intentaron apartarme. Manos con guantes azules me agarraron de los brazos, tirando de mí con una fuerza que yo cont