Los días se arrastraban tras las paredes de mi habitación, cada hora era un peso más sobre mis hombros. El lujo que me rodeaba, que antes era sinónimo de confort, ahora se sentía como los barrotes de una celda. Había contado las rosas del empapelado, las grietas en el yeso del techo, los segundos de silencio que precedían a los pasos de los sirvientes dejando la comida frente a mi puerta.
Jamás podría acostumbrarme a estar tanto tiempo en un espacio tan pequeño, atrapada como si fuera un secre